La ficha
- Qué es: Citizen participation and technology: lessons from the fields of deliberative democracy and science and technology studies, un ensayo teórico.
- Quién: Iñaki Goñi, investigador en Estudios de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad de Edimburgo. Antes fue académico en la Universidad Católica de Chile y ha trabajado en procesos participativos a gran escala, incluido el proceso constitucional chileno.
- Dónde: Humanities & Social Sciences Communications (del grupo Nature), 2025. doi.org/10.1057/s41599-025-04606-4
- Tipo: artículo conceptual, de un solo autor. No hay datos ni experimentos: es una revisión y un argumento.
Primera lectura: qué hace y qué encuentra
Conviene partir por qué tipo de texto es, porque eso ordena todo lo demás. No es un estudio empírico. Goñi no mide nada ni prueba ninguna herramienta. Pone a conversar dos campos académicos que estudian casi lo mismo y casi no se hablan: la democracia deliberativa, que piensa cómo lograr que la gente delibere de verdad sobre los asuntos públicos, y los estudios de ciencia y tecnología, los STS, que estudian cómo se hacen y se gobiernan la ciencia y la técnica. Su aporte es una observación simple y elegante sobre cómo cada campo usa al otro.
La idea central es un cruce de pregunta y respuesta. En la democracia deliberativa, la participación ciudadana es el problema, y la tecnología llega como solución: herramientas digitales, procesamiento de lenguaje natural e IA prometen ordenar grandes volúmenes de opiniones, moderar y, en palabras que el propio Goñi recoge, “llevar la deliberación a las masas”. En los STS, la ecuación se da vuelta: la tecnología es el problema, y la participación ciudadana es la respuesta, porque meter a la ciudadanía es lo que vuelve legítimas las decisiones técnicas. La misma pareja, participación y tecnología, funciona como problema en un campo y como remedio en el otro.
Goñi ordena esto con una tabla de marcos (frames). Para la democracia deliberativa, el problema es que la participación no rinde: cuesta producir inteligencia colectiva y conectar los mini-públicos con la política de masas, y la salida es apoyarse en soluciones técnicas. Para los STS, el problema es que las soluciones técnicas no tienen legitimidad, porque las fronteras de la expertise son flexibles y lo técnico necesita politizarse, y la salida es apoyarse en la participación. Lo interesante del argumento es que detecta un fondo común: ambos campos comparten el mismo principio de inclusión, ampliar quién cuenta, aunque lo apliquen a cosas distintas.
El hallazgo incómodo viene después. Goñi sostiene que, sin un diálogo cuidadoso, los dos campos terminan en su propia versión del solucionismo. Los deliberativistas caen en solucionismo tecnológico, esperar que una buena herramienta arregle la deliberación. Los de STS caen en solucionismo participativo, creer que sumar más participación arregla la legitimidad, sin una teoría más de fondo de la democracia. En ambos casos se reduce un problema complicado a una receta vendible.
De ahí salen las lecciones cruzadas, que son la parte propositiva. A la democracia deliberativa, los STS le recuerdan tres cosas: que la materialidad importa, porque las deliberaciones ocurren a través de artefactos, salas y plataformas, no en el vacío; que el diseño no termina cuando se entrega la herramienta, porque la gente la transforma al usarla; y que la expertise nunca es neutral, así que no se puede tratar el saber experto como información limpia que el ciudadano solo recibe. A los STS, la democracia deliberativa les ofrece lo que les falta: teoría normativa, ideas de justicia, equidad y legitimidad que los STS suelen esquivar, y un conocimiento fino de cómo funcionan por dentro los sistemas políticos, desde la micropolítica de los funcionarios que diseñan la participación hasta la realpolitik de los intereses en juego.
Segunda lectura: desde América Latina
El propio Goñi cierra con la puerta abierta hacia nosotros, y lo hace explícito. Tras desplegar todo el argumento, agrega una dimensión geopolítica: a escala global cabe preguntarse de quién es la democracia que resuelve la tecnología de quién, y de quién es la tecnología que compran los gobiernos de quién. Quién pone las reglas, qué empresa vende la herramienta, quién no llega a hacer oír su pregunta. Son sus palabras, no mías, aunque él mismo aclara que dejar eso desarrollado queda fuera del alcance del artículo. Lo deja como agenda, no como hallazgo.
Y vale subrayar desde dónde escribe, porque no es un detalle. Goñi trabajó como académico en Chile y participó en procesos deliberativos a gran escala, incluido el proceso constitucional chileno, antes de instalarse en Edimburgo. Su advertencia sobre el solucionismo no es abstracta para la región: América Latina ha sido terreno fértil para las dos tentaciones que el texto describe. Por un lado, la fe en que una plataforma de participación o un modelo de IA va a destrabar la conversación pública. Por otro, la fe en que basta con abrir un proceso a la ciudadanía para que quede legitimado. Las dos prometen mucho y, sin la finura que pide el texto, decepcionan.
Acá va una lectura mía, no del paper. La distinción entre los dos solucionismos sirve como checklist para cualquier gobierno o municipio de la región que quiera comprar una civic tech o montar un proceso participativo con IA. La pregunta de los STS, de quién es la expertise que se cuela en la herramienta y qué deja afuera, se vuelve concreta cuando el modelo que clasifica los comentarios ciudadanos se entrenó en otro idioma y otro contexto. Y la pregunta de la democracia deliberativa, cómo se conecta esto con el sistema político real, evita que el ejercicio quede como un gesto bonito sin consecuencias. El paper no estudió ningún caso latinoamericano, así que esto es extrapolación mía; lo que el texto sí entrega es el marco para no comprar gato por liebre.
La pregunta que deja es la suya, llevada a la región: cuando un gobierno latinoamericano cruza tecnología y participación, ¿cuál está tratando como el problema y cuál como la solución mágica? Si la respuesta es que una de las dos viene a salvar a la otra sin más, el texto sugiere que ahí asoma el solucionismo, y que la salida no es elegir un bando, sino hacer dialogar a los dos.
La letra chica
- Es un ensayo conceptual, no un estudio empírico. Su valor está en ordenar un debate y proponer puentes, no en medir nada ni en demostrar que tal o cual herramienta funcione. Quien busque datos o casos no los va a encontrar acá, y eso no es un defecto: es lo que el texto se propone.
- El recorrido se mueve casi entero en la literatura del norte global, Europa y Estados Unidos. La dimensión geopolítica y latinoamericana aparece recién al final y como límite reconocido por el propio autor, no como desarrollo. Tratarla como una contribución del paper sería ir más lejos de lo que el texto da.
Palabras clave del paper: deliberative democracy, science and technology studies, public participation, civic technology, expertise
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